La singularidad de Jesús
Jesús solía ir con sus discípulos al
huerto junto al torrente de Cedrón. La noche en que fue arrestado, aun sabiendo
Él que irían a buscarlo, así y todo se dirigió allí junto a los discípulos. No
rehusó de su destino y de la copa que el Padre le imponía tomar. Había llegado
la hora en que debía dar su vida por los pecados del mundo.
Jesús sabía además que Judas, uno de los
suyos, era el que lo entregaba. Los demás discípulos lo dejarían solo.
Únicamente Pedro trataría de defenderlo, aunque de forma incorrecta. Jesús
conocía bien a Judas, sabía que él robaba de las ofrendas. Le debe haber dolido
que sus cercanos no lo acompañaran en la hora más difícil. Y sin embargo pidió
que a ellos no les hicieran nada. Incluso sanó luego a Malco, que estaba ahí
para apresarlo y que había sido herido por Pedro.
Para llevarse a Jesús tomaron una turba
de soldados y lo ataron. ¿Acaso era necesario atarlo? ¿A alguien se le ocurre
pensar que podría escaparse o que le haría daño a alguno? Un hombre tan manso
como no había otro en el mundo, que había sanado y salvado a tantos, dispuesto
a amar a sus enemigos y a ofrendarse a sí mismo, era detenido y tratado como un
delincuente.
De esta compañía de soldados, cuando Jesús
les respondió “Yo soy” el que buscan, ellos retrocedieron y cayeron. Había algo
único en la presencia de Jesucristo. Los que se topaban con él, no quedaban
igual antes y después de conocerlo. Esa imponencia es difícil de expresar en
palabras.. ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este
hombre! - dijeron los alguaciles enviados a detenerlo.
Más adelante Jesús tiene su encuentro con
Pilato a quien, a pesar de haber callado ante Herodes, sí decide contestarle.
Algo vio en Pilato, que quizá no en Herodes, para responderle. En ese breve
diálogo, Pilato se retira contrariado con más preguntas que respuestas. ¿Qué
respuesta esperaría de un campesino judío que lo acusaban de autoproclamarse
rey? Jesús le habló de Su reino, proveniente de otro mundo, y de su propósito en
la vida: dar testimonio de la verdad.
Sin duda vemos en Cristo lo que nos es imposible ver en alguna otra persona. El hombre perfecto, la proyección encarnada de Dios, el resplandor de su gloria. Jesús es único. Benditos de Dios son los que puedan apreciarlo en todo su esplendor.