Martes, 12 de Marzo del 2019

La singularidad de Jesús

Jesús solía ir con sus discípulos al huerto junto al torrente de Cedrón. La noche en que fue arrestado, aun sabiendo Él que irían a buscarlo, así y todo se dirigió allí junto a los discípulos. No rehusó de su destino y de la copa que el Padre le imponía tomar. Había llegado la hora en que debía dar su vida por los pecados del mundo.

Jesús sabía además que Judas, uno de los suyos, era el que lo entregaba. Los demás discípulos lo dejarían solo. Únicamente Pedro trataría de defenderlo, aunque de forma incorrecta. Jesús conocía bien a Judas, sabía que él robaba de las ofrendas. Le debe haber dolido que sus cercanos no lo acompañaran en la hora más difícil. Y sin embargo pidió que a ellos no les hicieran nada. Incluso sanó luego a Malco, que estaba ahí para apresarlo y que había sido herido por Pedro.

Para llevarse a Jesús tomaron una turba de soldados y lo ataron. ¿Acaso era necesario atarlo? ¿A alguien se le ocurre pensar que podría escaparse o que le haría daño a alguno? Un hombre tan manso como no había otro en el mundo, que había sanado y salvado a tantos, dispuesto a amar a sus enemigos y a ofrendarse a sí mismo, era detenido y tratado como un delincuente.

De esta compañía de soldados, cuando Jesús les respondió “Yo soy” el que buscan, ellos retrocedieron y cayeron. Había algo único en la presencia de Jesucristo. Los que se topaban con él, no quedaban igual antes y después de conocerlo. Esa imponencia es difícil de expresar en palabras.. ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! - dijeron los alguaciles enviados a detenerlo.

Más adelante Jesús tiene su encuentro con Pilato a quien, a pesar de haber callado ante Herodes, sí decide contestarle. Algo vio en Pilato, que quizá no en Herodes, para responderle. En ese breve diálogo, Pilato se retira contrariado con más preguntas que respuestas. ¿Qué respuesta esperaría de un campesino judío que lo acusaban de autoproclamarse rey? Jesús le habló de Su reino, proveniente de otro mundo, y de su propósito en la vida: dar testimonio de la verdad.

Sin duda vemos en Cristo lo que nos es imposible ver en alguna otra persona. El hombre perfecto, la proyección encarnada de Dios, el resplandor de su gloria. Jesús es único. Benditos de Dios son los que puedan apreciarlo en todo su esplendor.